Patrizia & Héctor

Érase una vez, hará unos 18 años, en una pequeña villa, una pareja de jóvenes que se conocieron durante su adolescencia. Época de institutos con sus novillos, primeros flirteos, y de plena revolución hormonal.

Ellos no eran conscientes todavía, pero una fuerte energía les llevaba a estar juntos. Sin darse casi cuenta pasaron a ser algo más que simples compañeros de clase. Desde entonces, pasar el máximo de sus vidas uno junto al otro, sería su meta.

Pasaron algunos años y llegó una de las encrucijadas de sus vidas: “Ya somos mayores y ahora… ¿Qué?”. Decidieron apostar por sus respectivas pasiones. Así, una fue a estudiar su gran vocación, Pedagogía, a una hermosa ciudad, Salamanca. Y es que su pasión por el mundo infantil le ha otorgado siempre una relación excepcional con los niños.

El otro, gran apasionado del cine y la tele, estudió, cómo no, Comunicación Audiovisual. Pero este acabó en Segovia. Más de 150 Km. de distancia, que no serían suficientes para acabar con su unión. Ahora evocan con cariño aquel autobús cochambroso conducido a través de la estepa castellana, que hacía posible su unión.

Dos años anduvieron cogiendo acento castellano, cuando sus corazones pidieron un cambio. Castilla se quedaba pequeña. Ahora tenían otro sueño.

Barcelona pasaba por varios obstáculos que salvar. Notas, exámenes, pruebas de selección, dura y experimentada competencia. En fin, que no estaba nada fácil. Pero con tesón, pasión y “la buena suerte”, consiguieron su objetivo.

Mientras tanto ese mismo verano ya daban sus primeros pasitos por el mundo “exterior”, desde entonces su gran pasión, viajar.

Ya en la Ciudad Condal, ella cambió la Pedagogía por la Publicidad. Un hecho clave para que sus trayectorias siguieran convergiendo.

Tras mucho esforzarse, estudiar, trabajar, pero sobre todo, disfrutar de esa etapa de sus vidas, se licenciaron. Pasaron algún tiempo más en Barcelona, para después, marchar una temporada a Nueva York. Una de las mejores ciudades que han compartido y donde comenzaron su andadura en la “fotografia emocional”.

Tras su periplo americano, volvieron a su pequeña villa, pues después de todo, descubrieron la fórmula para su felicidad plena, que os recordaré pasaba por estar todo el tiempo posible juntos. Así, idearon su futuro proyecto de vida.

Crearon su propio estudio de fotografía. Al principio, como todo, costaba que el pequeño sueño echase a andar, pero con el paso del tiempo este empezó a tomar alas, y un buen día echó a volar.

Se puede decir que desde entonces no se separan más que lo necesario. Trabajan juntos, viven juntos, duermen juntos, y cada segundo separados les parece un segundo.

Hace aproximadamente 1 año, comenzaron un nuevo proyecto, esta vez familiar. Tristán llegó pocos días antes de Navidad para llenar de ilusión sus almas. Así que ahora son tres. Tres corazones unidos con un objetivo común: ser felices.

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